Mi abuelo y sus pinitos veterinarios

Hoy, tras un sábado de “troula verbeneira por Mondoñedo en diante”, estuve con mis apreciados abuelos, tíos y también con mi prima. Entre las preguntas personales que me hicieron, surgió una de mi prima: “así que Veterinaria, ¿no, Marquiño?”.

Aunque también mi padre me enseñó y enseña innumerables y útiles cosas, he de destacar además la figura de mi abuelo, que aunque es de un carácter muy distinto al de mi padre y menos metódico que él, es también un gran conocedor de muchas cosas de esta vida y con quien cuando era más pequeño, paseando con él, hablaba muchísimo de muchísimas y diferentes cosas. Cosas de las que me acuerdo: me enseñó a analizar y seguir huellas y pisadas en los caminos, a interpretar los anillos del tronco de un árbol cortado (no sólo lo típico de saber su edad, ojo), a situar los puntos cardinales según la posición del sol, a conocer la hora solar con los dedos, a pronosticar el tiempo y analizar el cielo, las nubes y el viento (una de las cosas más útiles y que más le agradezco, je, je), etc. Entre otras enseñanzas, comparte algunas con las que me dio y da mi padre: trabajar la madera, algo de albañilería, algo de fontanería… Y entonces no podría continuar este texto sin citar de nuevo a mi padre, a quien le atribuyo algunos conocimientos de electricidad y electrónica, identificar árboles, plantas y frutos, trabajar la tierra, hacer pan… pero sobre todo de él heredo, casi sin duda alguna, el rigor analítico y crítico de forma fría y cerebral en la vida, la seriedad y la curiosidad por conocer y saber.

Aunque no dejan de sorprenderme las cosas que pueden llegar a enseñarme y mostrarme mi abuelo y mi padre, me sorprende mucho todo lo que hizo y vivió mi abuelo. Concretamente, hoy pude saber algo más de su biografía, y es que hizo sus pinitos de veterinario cuando era joven. Mi abuelo, así como mi abuela, trabajaron mucho y muy duro en su vida como “labregos”, es decir, agricultores, y trabajando con un molino de agua. Tuvieron ganado y tierras para trabajar y vivir con sus tres hijos, hasta que poco después de nacer mi hermana y morir mi bisabuelo dejaron aquel lugar y gran parte de aquella vida atrás. Recuerdo muchas cosas de aquella casa y aquellas tierras que mis padres y yo visitábamos los fines de semana: aquel gran pastor alemán, “Bobby”, al que tantísimo cariño tenía y él me tenía a mí; las cuadras; las vacas, a las que mi prima y yo poníamos nombres y nos “apropiábamos” de ellas para beber única y exclusivamente la leche de “nuestra” vaca; los cerdos y aquella vieja bañera llena de sal gruesa en época de matanza; los conejos y gallinas; el gallo con el que me peleaba; la bicicleta de mi prima y aquella tremenda cuesta por la que nos desgraciábamos los dos; el río, sus enormes truchas y las “miñocas” (lombrices) que recogíamos para intentar pescarlas; el lavadero y sus próximas salamandras y lagartijas; el molino y su ruidosa maquinaria en el bajo de la casa; el enorme tractor de mi abuelo… hoy en día no queda prácticamente nada de aquello que viví de pequeño, puesto que se dejó abandonado y sin una mano que limpie la maleza o haga vida por los alrededores. Excepto algún pescador que sale tremendamente decepcionado de la zona (la triste sobreexplotación por pesca furtiva del río y su contaminación), casi nadie ya pasa por allí.

Pues bien, resulta que uno de aquellos cerdos, concretamente un recién nacido, sufrió un accidente en el parto que le abrió el vientre, desparramando sus tripas. Una escena visceral, ¿eh? Jej, nunca mejor dicho. El pobre animal estuvo a punto de morir, aunque ahí estuvo mi abuelo, poco dispuesto a perder uno de los animales que le daría de comer, y lo asistió. Le limpió las tripas sucias por el suelo por el que el agónico animal las arrastraba, y de manera arcaica le introdujo otra vez las vísceras en el vientre, cosiendo rápidamente el corte. Y digo “de forma arcaica”, pero resulta que aquel cerdo fue el que más pesó de sus hermanos. Sí, tuvo una suerte tremenda de no haber sufrido una infección, o haber muerto desangrado, pero el hecho es que, al parecer, mi abuelo salvó a aquel cerdo… Aunque bueno… ¡ejem! Más tarde lo que mi abuelo le había dado, mi abuelo se lo quitó… je, je.

También me contó cómo solucionó una obstrucción rectal de una res porcina. Para entendernos todos, el cerdo en cuestión no podía cagar, y a ese paso… así que con una pera en cuyo interior había preparada una solución acuosa de jabón y sal, consiguió que el pobre animal se quedase aliviado como en su vida se había sentido, je, je.

Pues fueron estos casos, entre otros, los problemas sanitarios puntuales que mi abuelo solventó entre sus animales. De una u otra forma, es una persona muy inteligente y capaz de hacer muchas cosas, y hoy me regaló un libro (que a saber cuantísimos años tiene), por el que supongo se guiaría en algunos de los problemas que tuvo que solucionar: “Tratado práctico de Medicina Veterinaria”.

Por las pintas que tiene, esto parece un tesoro, je, je. Lo leeré. No creo que esté de más conocer viejas técnicas de diagnosis. Siempre pueden ser muy útiles.

Saludos.

Empezar otra vez

Ahora que por fin terminé la enseñanza secundaria, incluído Bachillerato con una nota media que considero bastante decente (8,10), puedo al fin decir que comienzo a formarme de verdad. Mis intenciones desde que salí de la ESO eran entrar en Medicina, y tras dos años de intenso trabajo Selectividad pudo conmigo, pues mi nota media de acceso a la universidad se vio reducida a un 7,33. Mi segunda opción oscilaba entre dos carreras: Biotecnología y Veterinaria. Finalmente me matriculé en julio en Veterinaria.

Repetí Selectividad sin demasiadas ganas en septiembre por si subía la nota y así quizá acceder a Medicina el año que viene, pero como fui a septiembre con lo que sabía de junio en la cabeza, solo saqué un 5,53. La verdad es que creo que uno de los motivos por los que no me empleé a fondo para septiembre (a parte de otros diversos motivos que me tuvieron distraído) fue que me sentí con ganas de empezar Veterinaria. Sí, jode mucho no entrar en la carrera de tus sueños, pero me considero afortunado entrando en mi segunda opción (aunque en un principio oscilase entre ésta y Biotecnología, jeje).

No es que sea un “médico frustrado”, pero dependiendo de lo que me parezca Veterinaria, continuaré en ella o no, y quizá intente Selectividad de nuevo en junio del 2009. Pero tengo la sensación de que me voy a encontrar agusto aquí y que finalmente me quedaré.

La gente que sabe que yo quiero fervientemente estudiar Medicina, cuando les digo que voy a hacer Veterinaria me pregunta: “¿pero a ti te gustan los animales?”. No sé si es algo crucial el hecho de que te gusten los animales o no, pero siempre les respondo lo mismo: “tampoco me gustan las personas”. No quisiera estudiar medicina porque me guste la humanidad, ni porque me guste el trato humano desde el ángulo médico-paciente, no. Siento una atracción tremenda por conocer el funcionamiento del organismo y sobre todo las enfermedades. No son las personas o los animales en sí lo que me gusta, sino su funcionamiento, su malfuncionamiento y cómo se puede solucionar el malfuncionamiento.

Mi trato con mis pacientes (bien sean animales o personas) será intenso y gratificante, y a lo mejor me equivoco, pero a no ser que la carrera cambie mucho mi forma de ver las cosas (que probablemente así sea), no será primordialmente por mi amor hacia ellos y su existencia, sino más bien por los motivos que di antes.

Y en fin, tras unos meses de descanso y alguna que otra preocupación en la cabeza (relaciones sociales que uno considera importantes para sí y no desea que vayan mal, jeje) vuelvo a empezar otra vez. Así que como ya llega “la vuelta al cole”, vamos a empezar con ganas, ilusión y buen pie, coño, que no se diga.

🙂

¡Un saludo a tod@s!